Engañanado al cerebro

¿Sabías que podemos cambiar nuestro estado de ánimo a voluntad engañando al cerebro ? ¿Sabías que podemos realizar acciones que nos atemorizan, como por ejemplo rendir exámenes engañando al cerebro? Si, como lo lees. Engañando al cerebro.


Está comprobado que nuestro cerebro no distingue entre una situación pensada y una situación realizada, por lo tanto, el poder de las visualizaciones aplicadas en las técnicas de programación neuro lingüística, cumplen la función de  “hacerle creer” a nuestro cerebro que en su experiencia, realizó las acciones deseadas.

Sabemos, gracias a los aportes realizados por el psicólogo Albert Bandura, que el cerebro aprende en base a repeticiones de acciones. Estas repeticiones permiten crear un “programa”, o lo que es lo mismo, automatizar conductas o, si le gusta más, crear hábitos.  De este modo fué que usted aprendió a conducir, a ir en bicicleta, a reconocer las letras y los números, a tender la cama o realizar un balance, entre las miles acciones que realiza a lo largo del día.

Por la misma razón, es de gran ayuda (y sigue el mismo proceso para nuestro cerebro) actuar “como si”. Por ejemplo, si un día estamos deprimidos, o tristes, el actuar “como si” nos sintiéramos bien, felicies y contentos servirá para que nuestro cerebro ejecute las acciones tendientes a encontrar ese estado. Hay refranes antiguos que lo confirman: “al mal tiempo buena cara” o “una sonrisa cambia el día”. Esto no es otra cosa que lo que hacemos algunas mujeres cuando no nos sentimos bien: nos páramos frente al espejo, nos maquillamos y mágicamente, entre comillas, nos cambia la cara y el cambio de cara nos cambia el día. Digo entre comillas, porque entre que entramos al toilete a maquillarnos y salimos, nada ha cambiado, no recibimos una llamada telefónica, ni una visita, ni una carta, nada proveniente del exterior. ¿Entonces qué cambió? cambiaron nuestros pensamientos, cambió la forma en que nos vimos y esto cambió la forma en que nos sentimos.

El poder está en nosotros, se aloja en nuestro cerebro, muchas veces al día nos da la llave que nos facilita los cambios, pero nosotros la usamos, y luego la tiramos. No nos detenemos a pensar que el hecho de ir al espejo y pintamos los labios es el CÓMO cambiar nuestro estado de ánimo, o hacer gimnasia, o ver vidrieras, o  comprarnos una chuchería para el mismo fin. Nuestra mente nos está enseñando en secreto del bienestar. Nosotros miramos para otro lado en este mundo vertiginoso que nos distrae mostrándonos segundo a segundo espejitos de colores.

Entonces, amigos, ¿Qué estamos esperando para aprender a usar nuestro cerebro para ser más listos, más felices, más equilibrados, más seguros? Vivamos como si ya hubiéramos logrado nuestros propósitos. Probemos, ¿Qué hay para perder?

 

LOS ATAQUES DE PÁNICO, toda una historia.

El DSM-IV describe al Ataque de Pánico como una crisis de angustia que se caracteriza por la aparición súbita de síntomas de aprensión, miedo pavoroso o terror, acompañado habitualmente de sensación de muerte inminente.

 

Durante estas crisis también aparecen síntomas físicos como falta de aliento, palpitaciones, opresión o malestar en el tórax, sensación de atragantamiento o asfixia y miedo a “volverse loco” o perder el control.

La sensación que sobreviene es tan intensa que desborda la psiquis de la persona, produciéndole un altísimo nivel de estrés en el que ya es imposible pensar racionalmente. Aunque dura entre 10 y 20 minutos, parece que fueran horas. Luego de varias crisis, las personas pierden la confianza en sus capacidades y comienzan a depender de terceros, ya no se atreven a estar solos y cuando salen lo hacen acompañados. Se crea un círculo vicioso del que ya no pueden salir por sí mismos.

Las personas que colaboran con ellos en una demostración de amor familiar, no colaboran en realidad con el proceso de cura, como ellos podrían creer, sino que actúan como reforzadores de los síntomas. Mientras más colaboración tenga la persona, menos confía en si mismo y más temor de quedar sola tiene. No quiere decir que se la deba abandonar, sino que deben colaborar con ella apoyándola en la busqueda de ayuda profesional y haciendo de soporte en la utilización de las técnicas que el psicólogo le indique.

La ´persona que ha sufrido un ataque de pánico, comienza entonces a tener miedo a que le de un nuevo ataque (miedo anticipatorio) que fortalece el circuito neuronal , aumentando la dependencia. Graba y vuelve a grabar con cada acontecimiento en el cerebro, el mismo circuito nervioso, la misma respuesta: el miedo y la dependencia.

No se conoce muy bien como surgen los ataques de pánico, posiblemente su origen esté en un shock adrenalínico (surgido como consecuencia de una falsa alarma percibida, o por un constante estrés), y causante de los síntomas antes mencionados. El organismo está en alerta ante un ataque inminente…  que no llega porque el mensajero se equivocó.

Todos los pacientes con los que he trabajado, han realizado los estudios clínicos de rigor tras pasar por varios consultorios de distintas especialidades médicas, buscando una respuesta a los síntomas físicos en la enfermedad de un órgano, generalmente el corazón.

Después de varias crisis, mucho dinero gastado y casi sin esperanzas llega a la consulta  derivado por algún médico ya sea porque conoce la influencia del aspecto psicológico en el tema, ya sea porque se le agotaron los recursos.

Cuando el paciente llega, lo hace con una gran ambivalencia, por un lado la sensación de que si los médicos no pudieron, poca esperanza queda; y por otro, el secreto deseo de que esta sea la vencida, que alguien le diga lo que realmente tiene, que no está perdiendo la cordura (sensación que se acrecienta con cada resultado negativo de los estudios que le realizaron), además es la última posibilidad que le queda.

Por su parte el psicólogo debe determinar si el paciente cuenta con la suficiente fuerza interna (llamada motivación) para ejecutar, ante la aparición de los síntomas, las técnicas por él indicadas o, si por el contrario pertenece a las personas cuyas creencias lo llevan a buscar la solución de sus problemas en “agentes” externos a él: las “salvadoras” pastillas o a las eternas charlas con amigos o a la corrida de una consulta médica tras otra.

Para los afortunados del primer grupo, la PNL cuenta con técnicas maravillosas basadas en el principio del funcionamiento cerebral, es decir, sabemos que el camino de nuestros sentidos al núcleo amigdalino (centro de las emociones) funciona como una autopista, es muuuuy rápido por eso la aparición de los síntomas en tropel, mientras que el camino de los sentidos a la corteza cerebral (centro del pensamiento racional) funciona como un camino sinuoso de montaña en tiempo de lluvia, es muuuuuy lento. Las técnicas de la PNL permiten ampliar estos caminos secundarios, de forma tal que se agilice el tránsito a la corteza cerebral, a fin de que utilicemos el hemisferio izquierdo para abortar el proceso ansioso iniciado.

Para los menos afortunados del segundo grupo, llevada la angustia o ansiedad a niveles tolerables por medio de la medicación, el trabajo con las técnicas de la programación neuro-lingüística acelera el reconocimiento del proceso del ataque de pánico, lo que permite cortarlo apenas inicia.

¿En qué consisten las técnicas?

Están basadas en el funcionamiento del cerebro. El primer paso es identificar la estrategia que utiliza la persona para llegar a los síntomas y luego modificarla obteniendo así resultados distintos a los acostumbrados. De esta forma estaremos grabando un nuevo recorrido en el cerebro (sobre el recorrido anterior que nos llevaba al ataque de pánico) generando un nuevo camino: el del bienestar. Basta usar esta estrategia en pocas oportunidades para librarse al fin del temido ataque. Esta es una muestra de las maravillas que la PNL puede hacer para mejorar la calidad de vida de las personas.

Bibliografía: Modelar tu mente- Ian Robertson; Estados de Ánimo- Roberta Conlan; La magia en acción- Richard Bandler

El miedo a los examenes

    “Una semana antes del examen comienzo con desarreglos de vientre, diarrea, no duermo, me siento tan cansada…   y  termino no asistiendo al examen. La decisión me alivia y los síntomas ceden…pero luego comienzo a llenarme de culpas.”

Así plantea Susana su temor a rendir. Varios pueden ser los orígenes y múltiples son los síntomas.
Lo que hizo Susana fue establecer una creencia de ineptitud (basada en una experiencia propia o ajena, real o imaginaria) lo que derivó en un cuadro generador de un miedo irracional que abarca:

• LOS PENSAMIENTOS fijos en la idea central de no poder aprobar, ya sea por creer que no estudió lo suficiente, o que no podrá alcanzar el nivel de exigencia del profesor, o la posibilidad de que la mente se le ponga en blanco, etc.

• LOS SENTIMIENTOS donde la ansiedad que siente es desmedida al igual que el miedo catastrófico a fracasar y

• EL CUERPO que sintetiza las dos áreas anteriores manifestándolas a través de síntomas físicos entre los que se encuentran temblor en las manos, dolor de estómago, sudoración, alteración en la respiración y aceleración del ritmo cardíaco, insomnio, nauseas y vómitos.

El miedo excesivo produce una desorganización en el pensamiento y no permite mantener el orden planificado de estudio y concentración (una prueba de ello es “la mente en blanco” o las comunes “lagunas de pensamiento”. Conviene aclarar que un cierto nivel de ansiedad es necesaria para lograr una preparación adecuada, focalizar la atención y realizar el mejor esfuerzo para obtener los resultados esperados. El problema surge cuando esos miedos y nervios se agrandan de manera desproporcionada y juegan en contra provocando resultados desastrosos y realizando la profecía autocumplida: EL TAN TEMIDO FRACASO.

El temor que experimenta el alumno es de miedo, ya sea a la situación del examen o a las consecuencias (siempre agrandadas) del mismo.
El miedo es la emoción que uno experimenta cuando percibe que puede suceder algo que pone en peligro su bienestar físico y/o psicológico. Es la sensación de “algo malo me va a pasar”. Los alumnos con un elevado nivel de ansiedad ante un examen, pueden creer que es muy probable que desaprueben el mismo. Y para éstas personas “desaprobar” tiene un significado mucho mas catastrófico que para el resto. Para evitar desaprobar, se decide que es mejor “NO PRESENTARSE”, como lo hizo Susana, ganando tranquilidad a costa de una gran culpa y el reforzamiento de la creencia de incapacidad personal que puede llevarla hasta el grado extremo de abandonar sus estudios.

El tipo de examen puede aumentar o disminuir el temor. Generalmente un examen escrito no genera tanta ansiedad como uno oral, en el que el alumno se encuentra cara a cara con el profesor. Si bien el examen escrito permite pensar y revisar las respuestas, el oral permite defender una postura o un conocimiento, opción que no se puede tomar en un examen escrito. Se debe comprender que el profesor no evalúa personas, sino conocimientos.

Lo que necesita saber el estudiante es que las creencias o pensamientos pueden cambiar de “soy incapaz de aprobar”, “no estoy suficientemente preparado” (a pesar de hacer mucho tiempo que está estudiando), “me voy a quedar muda”, “no va a venir a mi mente lo que estudié”, etc, a través de sencillas técnicas que ayudarán a dar el adecuado valor a la situación de examen comprendiendo que un examen no es una situación extrema, sino que se trata de un intercambio y evaluación de conocimientos, adquirir la creencia que se es capaz, organizar sus pensamientos y acciones dirigiéndolos hacia su objetivo y mantenerse en ello hasta finalizar el proceso, valorar el aprendizaje alcanzado en los días de estudio, reconocer que nada grave pasa si desaprobamos un examen y generar las fuerzas para volver a intentarlo, esta vez de otra manera.